Lar Nova Esperança

El encuentro con los rapaces

El refectorio (un primer ejemplo de palabra que no usamos en español y que se emplea en portugués) es un lugar estoico. Dos grupos de mesas en forma de L y sillas básicas alrededor, los cerramientos con ventanas techo y puerta. No hay nada más en este local, bueno sí un pequeño cuadro con motivos religiosos al fondo, en lo alto.

En la cena era la nueva y la única chica. Todos miraban curiosos, con risas y cierta timidez. Pepe me presentó y le dijo a Chico (abreviatura de Francisco), que con 10 años es uno de los pequeños del LAR, si se podía hacer cargo de enseñarme Matola. Él dijo muy bajito y deslizando la mirada que sí. Me pareció una estupenda idea. Chico nos tiene prendados a Andrés y a mí, es un tímido encantador.

Me habían ubicado al lado de Andrés. En el extremo corto de la L los más mayores y a continuación los chicos, de manera que mientras que comía los tenía enfrente. Un bonito espectáculo del que sabía que jamás me cansaría.

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Misa dominical

Al día siguiente domingo fui de nuevo a misa. La misa dominical es siempre magnífica, los cánticos y los instrumentos consiguen que te olvides de la duración de la celebración, y casi siempre deseas que no acabe.

Echamos unas cuantas fotos en el patio. Los rapaces estaban muy elegantes con esa camisola que se habían puesto para atender a las personas que acudían a una reunión en el salón parroquial tras la celebración dominical .

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La colada

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Después de misa me puse a lavar la ropa, el acumulado coincidía casi con la totalidad de mis trapitos mochileros. Pedí un cepillo que me facilitaron enseguida, son solícitos a más no poder. Al poco llegó Chico a lavar y me encontré con la primera lección del día: ¡Cómo lavan! Desde el más pequeño al más mayor, aquí cada uno se lava su ropa, y todo a mano! La lavadora no es un objeto de primera necesidad, si alguna vez lo habéis considerado así, ya podéis descartar esa idea. No hace falta que nadie nos diga que nuestra ropa está sucia y hay que lavarla, desde los 8 años del más joven aquí, uno es mayor para saberlo. El pequeño se instaló y empezó a frotar con las manos de una forma que me quedé muerta. Me acordé de mi abuela Edelmira, de los lavaderos de Simat, y casi sin tener el recuerdo supe que ella lo haría igual y que lo habría hecho así desde niña. No hay mancha que se resistiera. Me emocionó verlo.

Comida en Maputo

 DSC_0298Pepe nos invitó a Andrés y a mí a acompañarle a comer a casa de unos amigos suyos en Maputo. Era una pareja de chico español y chica mozambiqueña que tenían una niña pequeña. También había otro chico español amigo de ellos. Los dos chicos llevaban años trabajando en temas de cooperación internacional en diversos lugares de África. Ahora su hogar está en Maputo. Fueron encantadores y la comida buenísima. Fallé en no fotografiar los extraordinarios cangrejos pero el gran pescado no se me escapó. Charlamos sobre África, el mundo y más allá, pero cuando se alargaba la sobremesa yo estaba inquieta porque había quedado con Chico en dar una vuelta por Matola y pasaba la tarde y no movíamos. Se iba a hacer de noche.

Conociendo Matola

Era tarde cuando volvimos, ya anochecía, pero hablé con Chico y aun fuimos a dar una vuelta rápida. Me enseñó el centro comercial y también el pequeño mercado. Es callado, habla bajito, pero tiene una cara de las más expresivas que he visto nunca. Como no acabamos de ver la ciudad teníamos excusa para seguir visitándola mañana y a los dos nos pareció bien.

Me acosté con la sensación de que me esperaban grandes días en Matola y de que el baño de humanidad, como dice mi amigo Andrés, no había hecho más que comenzar. La vida es una sorpresa y aunque a veces te la juega otras veces te da más de lo que mereces y alcanzas a soñar, verdad viajer@s?

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