Dejo un lugar de ángeles

Amanecí, arregle mi mochila y desayuné. Me despedí de Momsa, la viva gobernanta del hostel, y del amable y dispuesto dueño de Paradise. Lo hice todo de forma mecánica, sin querer pararme a pensar. A pensar que me iba…

Acompañada hasta que paró la combi en la puerta de Paradise, la tomé, me bajé en el Ayuntamiento y fui directa a la agencia del bus. La negra que me había vendido el billete y que parecía seria, a mí siempre me sonreía y enseguida me indicó donde dejar la mochila.

A pesar de todo estaba contenta. Me mantuve toda la mañana activa, fui a Internet, acabé con mis regalos y regateos, pasé por el colorido mercado para comprar fruta y ya cerca de las 13 horas comí en un centro comercial al estilo Zimbabue. Los he visto parecidos en Asia, el único paralelismo con nuestros centros comerciales es que puedes encontrar allí distintas tiendas una pegada a la otra, el resto es sólo made in África o Asia e impera la austeridad. No sé por qué pero me gustan. Allí compras por necesidad, no porque algo te entre por los ojos. Suelen ubicarse en una primera planta y vas caminando por el pasillo, que va girando formando un cuadrado, y hay servicios a un lado y a otro. Te imprimen, te cosen, te venden manteles, ropa, etc.

Pues allí, entrando a la derecha, está el cibercafé lleno de jóvenes zimbabueses con sus jeans y camisetas, y por supuesto su facebook. Y un poco más adelante hay un restaurante de talante similar al resto de las tiendas, es decir muy muy básico. Tiene ventanales a la calle, mucha luz, sus hules y un menú de 3 $: sazsa y pollo. Los amables camareros me dijeron que me podía sentar en una mesa libre y enseguida trajeron agua para beber y la palangana para lavarme las manos. Saludé a mis vecinos, comí y crucé la calle para entrar en la agencia, coger la mochila y despedirme de la negra de los billetes y del guardia de seguridad. Acto seguido me subí al bus.

En el bus me tocó en el lateral en que había tres asientos juntos, y los compartí con la familia de Bryan. Como era de esperar soy la única blanca en el vehículo 😉 pero yo me siento una más.

Dejábamos Bulawayo, yo me notaba tranquila, como sin creerme que ahora sí que era el final.

Bryan era el cabeza de familia, creo que tenía 27 años y vive con su mujer y su pequeña niña en Johanesburgo, porque allí se pueden ganar la vida. Trabaja en un restaurante y está contento, pero a él lo que le gustaría es vivir en su país. Lo entiendo tanto.. Yo comparto mi fruta con ellos, siembre agradecidos. Y él me va informando de todo: de cuando se para, de la llegada a la frontera, de los controles….Hablamos bastante, le gustó contarme.. los dos amamos este país.

Seguíamos directos al sur, abandonando Zimbabue…Empezaba a ser consciente de que lo dejaba sin querer hacerlo. Y cuando caía la tarde y antes de dejar de pisar esta tierra de infinitas sensaciones, este lugar que me ha acogido como a una hija, que me dado tanto y que ha sacado mi lado más salvaje, más tierno, más maternal, más primitivo…, en definitiva mi lado africano…sentí que dejaba un hogar, algo se rompía por dentro y unas lágrimas que escapaban de mis ojos significaban un adiós que no quería..

Había comprado una tarjeta de teléfono para llamar y despedirme de Farai. Bryan me dijo que su teléfono era sudafricano y por tanto no servía el código, pero enseguida lo resolvimos porque pidió a una mujer que había delante si me podía dejar el móvil. Recordad que aquí se compran unos códigos , se introducen en el teléfono y tienes saldo. La mujer me lo dejó y como Farai no me lo cogió, cuando se lo iba a devolver le dije que si me lo podría dejar luego otra vez, entonces, la mujer me dijo que me lo quedara el tiempo que necesitara y que cuando acabara se lo devolviera. Me pareció increíble. En una de las colas de la frontera hablé con ella, es de Bulawayo y vive en Johanesburgo, donde tiene parte de su familia. Es encantadora, no recuerdo su nombre pero su cara perfectamente.

La niña tendrá unos 3 años y ellos la llevan en brazos todo el tiempo. Cuando duerme se extiende y sus pies me llegan a mi. En la parada de la cena me compro mi hamburguesa y ellos una plato de sima con dos trocitos de pollo Un plato para los tres! Uff, no solo se desnutre la niña. Les doy galletas y fruta.

Tengo que contar el paso de fronteras. Paramos primero en el control de Zimbabue, un pequeño edificio de una planta, todo destartalado, viejo, desvencijado, medio roto. Pasamos el control de forma fluida y sin incidencias. En la cola los compañeros de viaje nos miramos y nos sonreímos y con algunos cruzo unas palabras. Y de nuevo subimos al bus y tras unos kilómetros….no otro país, si no otro mundo: Sudáfrica. Bajamos para el trámite de entrada, nos toca esperar un buen rato antes de que nos dejen ir al control de pasaportes. El conductor es muy amable, como soy la única blanca me trata como novedad y también me cuida. Cuando le digo que tarda mucho todo este trámite me dice que hoy tenemos suerte pues a veces hay un montón de buses y se hace eterno. Finalmente nos dejan  ir al control de pasaportes, edificio que parece recién estrenado, impersonal pero nuevo e impoluto. El contraste es incontable. Hacemos la correspondiente cola, esta vez yo de las primeras vuelvo al bus. Me dicen que no suba, bueno, que coja mis cosas, mochila grande incluida (arriba me dejo un par de bolsas con comida y souvenirs para no ir tan cargada) y que me ponga en una zona del patio en estricta fila india. Tras un largo rato de espera lo único que ocurre es que nos hacen avanzar por la explanada y cambiarnos de sitio manteniendo la fila india. Yo ya estaba flipando con todo esta historia y de repente, ya todo oscuro, viene el bus y se pone en paralelo a la acera donde estábamos, y a continuación una cuadrilla de de tres policías y un perro aparecen de la nada. Yo no doy crédito y el circo aun no ha empezado. Sube un policía con el perro al bus, se les ve correr arriba y abajo, el perro, observamos desde abajo, remueve cosas de los asientos (¡madre mía mi comida y mis souvenirs a mordisquitos!), el policía le da órdenes con énfasis, entregado a la causa, para que recorra asientos una y otra vez. Me quedo extasiada mirando desde abajo…. pero lo mejor viene ahora: Me dicen mis compañeros de línea que tengo que abrir la mochila, y me fijo y todos tienen las maletas y bolsas abiertas debajo de la acera, y al bajar el animal del bus empieza a meter la cabeza en las bolsas para buscar un alijo o muestras de contrabando, o qué se yo, porque es penoso. No sé si os hacéis idea, una mezcla de cómica-patética y humillante es la situación. Mis vecinos me confirman mi temor, que esto no es mala suerte y hoy nos ha tocado, esto es siempre!. Así se las gastan los sudafricanos…Yo lo siento por mis zimbabueses.

A las 5 horas de la mañana llegamos a la estación de Johanesburgo. El conductor enseguida me dice que no salga de la estación hasta que no sea de día. Me insiste en eso, yo no entiendo mucho, pero Bryan y su familia me esperan y yo los sigo. En el la amplia sala de la estación mucha gente a esas horas, nos sentamos y me dice Bryan que intente dormir una horita porque aún es pronto para salir. El peligroso Joburg, hasta para coger un taxi no es recomendable. Yo sentía un fuerte impulso de salir y ver qué narices pasaba ahí fuera, qué gran peligro acechaba los alrededores de la estación. Pero no me asomé, tenía un poco de miedo y sabía que iba a preocupar a Bryan y los suyos. La señora que se me sienta a mi lado muy amablemente me da conversación al ver mi desconcierto y me dice lo mismo, que hay que hacer tiempo para que sea un poco de día.

Finalmente Bryan me dice que nos vamos, y me  uno a ellos. Salimos y es aún de noche pero hay movimiento por las calles, unas calles sucias de papeles, plásticos y restos del día anterior. Andamos un buen rato y llegamos a una gran estación de combis. Bryan deja instaladas a su mujer y a la niña en una de ellas y me acompaña a buscar la mía. Salimos de la estación y avanzamos por una calle. Él pregunta en zulú por la combi a Soweto, (el dbele de zimbabue es parecido al zulú que hablan en algunas zonas de Sudáfrica) lo van redirigiendo y yo siguiendo por varias calles hasta que damos con ella. Un conductor que me da buen rollo le confirma a Bryan que va a Soweto. Yo miro a Bryan, nos damos la mano, nos despedimos, mis gracias son infinitas, nunca lo olvidaré. Ahora sí que dejo Zimbabue…

Para no entristecerme pienso en que aun me queda Soweto y me acomodo en la combi a esperar que entre el segundo ocupante y luego el tercero, y así hasta que se llene.

2 pensamientos en “Dejo un lugar de ángeles

  1. Buf, sí que te’n vas anar a un altre món. La frontera de la zona «rica» pareix una experiència tan increïble com humillant, però de certa manera, no em sorprén que siga així. Vas estar molts dies a Sudàfrica? Ja seguiràs contant. Pareix que en aquesta entrada t’hages quedat a mitges!!
    Besets, m’has fet passar una bona estoneta posant-me al dia!!!!
    Gregori

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